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martes, 30 de mayo de 2017

La verdadera amistad



La amistad pura y sin interés alguno que no sea la propia relación interpersonal, desprovista de cualquiera otra connotación material y oportunista, mereció ser catalogada como divinidad alegórica por griegos y romanos. La estatua que la representaba creada por los griegos iban con un ropaje abrochado, la cabeza desnuda y el pecho descubierto hasta el corazón, sobre el que descansaba la mano derecha y con la izquierda abrazaba un olmo seco, alrededor del cual crecía una vid repleta de uvas.

Sin embargo, los romanos la representaban con la imagen de una joven  hermosa, vestida con un ropaje blanco, con la mitad del cuerpo desnudo, coronada de mirto entretejido de flores de granado, y lucía sobre la frente el lema “Invierno” y “Verano”. También, se veía en su túnica otras fases como “La Muerte y La Vida”. Llevaba su mano derecha hacia su costado abierto hasta el corazón que lucía esta inscripción: “De cerca y de lejos”, y llevaba los pies desnudos como alusión a que, en la amistad verdadera, no hay ninguna incomodidad, por extrema que sea, que no puede superar un amigo por el bien del otro

Los griegos y romanos le daban una extraordinaria importancia a la amistad a la que consideraban una deidad.  No sólo en el mundo clásico la amistad  ha sido importante, sino también para el ser humano en todas las épocas. Por ello, todos solemos llamar amigos a muchas personas que son simples conocidos, en un prurito de vanidad, al querer presumir de tener esa gran cantidad de verdaderos amigos y, también, para convencernos a nosotros mismos que tenemos muchas personas a las que, realmente, importamos.

Dicho convencimiento parece afianzar nuestra autoestima y popularidad en nuestro círculo; aunque, en realidad, la cantidad de amigos verdaderos sea mínima y, en muchas ocasiones, inexistente, dada la dificultad de encontrar a esa rara y valiosa alianza afectiva entre los humanos que llamamos amistad verdadera y que sólo está basada en “el  afecto personal, puro y desinteresado que nace y se fortalece con el trato",  según define la RAE el concepto de amistad.

Si amigos verdaderos son pocos, aún son menos los amigos “para toda la vida”, que son aquellos con quienes tenemos un vínculo mucho más profundo, fuerte y que ha resistido innumerables dificultades que la vida siempre pone delante de cualquier relación humana, además de ser ellos los supervivientes que quedan en nuestro círculo más íntimo del que han ido desapareciendo los demás, por unas u otras causas. El contar con esos “amigos para toda la vida” genera una confianza en dicho vínculo que es beneficioso para la propia salud, nuestro bienestar y, por ello, mejora nuestra calidad de vida.

Buscando la respuesta a las preguntas que todos nos hacemos de cómo diferenciar al amigo que pueda serlo para toda la vida, del que es un conocido o amigo de ida y vuelta, se pusieron a investigar distintos grupos de científicos sobre tal cuestión. Uno de dichos grupos estuvo dirigido por el sociólogo holandés, Gerald Mollenhorst, quien junto a su equipo estudió las redes sociales y su fortaleza, en una encuesta en la que participaron 1007 personas de ambos sexos, de edades comprendidas entre los 18 y 65 años, cuya investigación duró siete años hasta  terminar formulando los resultados.

Las conclusiones fueron esclarecedoras, pues demostraban que el  hallazgo de nuestros amigos está condicionado por las pocas oportunidades que tenemos a lo largo de nuestra vida para llegar a conocer realmente a posibles candidatos a formar parte del círculo más íntimo, especialmente cuando ya tenemos una estabilidad personal, como puede ser la de tener pareja, matrimonial o no.

Según el sociólogo antes mencionado, todos comenzamos nuevas relaciones en los mismos círculos en los que conocimos a nuestros antiguos amigos, lo que reduce enormemente el número de nuevos llegados al círculo íntimo que significa toda amistad, ya que limita mucho las posibilidades de entrar en nuevos grupos de relaciones en los que poder encontrar nuevas oportunidades de relaciones amistosas.

Dichas conclusiones de la investigación antes mencionada son concluyentes en un sentido: sólo el 48% de los que consideramos amigos seguirán a nuestro lado después de siete años, además de que, únicamente, un 30% de los que consideramos simples conocidos lo seguirán siendo transcurrido ese mismo período de tiempo.

Todos esos datos sirven para afirmar  que si, después de esos siete años las relaciones amistosas, o de simple conocidos, que han superado todas las pruebas que se presentan en cualquier relación humana, entonces serán duraderas y no se perderán en el futuro.

También, el físico húngaro Tamas Vicsek emprendió la tarea de estudiar las relaciones sociales y su evolución. Para ello contó con 30.000 voluntarios captados en las redes sociales, así como estudió las listas de contactos de los teléfonos móviles de otros cuatro millones de usuarios. El empeño no era escaso en su dimensión numérica y demuestra la ingente cantidad de datos que tuvo que manejar. 

Las conclusiones a las que llegó dicho investigador fueron claras: los grupos de amigos que son más duraderos en el tiempo son aquellos en los que algunos de sus miembros se renuevan periódicamente. Por ello, los que quedan permanecen unidos por la capacidad de adaptación que actúa como un pegamento que los une con vínculos muy resistentes y los mantiene integrados en el círculo íntimo.

Además, Vicsek llegó a la conclusión que los grupos menos numerosos son más estables que los que tienen muchos miembros, siempre y cuando los integrantes de dichos grupos más pequeños se mantengan unidos antes las muchas dificultades por las que atraviesan todas las relaciones humanas.

En definitiva, la conclusión de dichas investigaciones pone en evidencia que casi la mitad de los miembros del círculo de amistad más íntima no seguirá siéndolo más de siete años. Durante ese período nuestros grupos de amigos más cercanos se renovarán en una gran mayoría. A los que sean capaces de mantener la amistad durante ese plazo de siete años, la ciencia les vaticina que podrán afirmar que tienen, realmente, uno o varios amigos para toda la vida. Esa gran aspiración humana tan difícil de conseguir y, más aún, de mantener a lo largo del tiempo.


Quizás, por ello, los griegos y romanos convirtieron a la amistad en una deidad alegórica a la que venerar, porque su existencia en el plano real de los humanos es tan difícil y etérea que sólo los seres más afortunados, o más puros, pueden llegar a decir que tiene un “amigo para toda la vida”, dada la volubilidad de la naturaleza humana y de su inconstancia afectiva.